Francisco Álvarez Velasco
HOMO ERECTUS
Me alcé sobre las patas
traseras y mi voz
sonó como un chillido gutural
arañando el silencio inmóvil de la noche,
y supe que era dios –lo supe entonces-
quien habitaba en mí,
por eso levanté mi brazo
esgrimiendo en lo oscuro
el infinito sílex de mi angustia.
LA FOSA
Aquel que haya mirado
cara a cara una fosa no podrá
volver a contemplar sin inquietud
su rostro en el espejo.
Tendrá la sensación de que le sigue
a todas partes algo
frío, como una lengua invisible, la sombra
de un sueño mineral.
Quien ha mirado el fondo
terrible de una fosa
jamás regresará a su consciencia indemne.
La vida le concederá ese día
un acceso directo a la tristeza,
pues todo cuanto avisten sus ojos desde entonces
en esencia ha de ser
una reproducción facsímil de la muerte.
Una iconografía del dolor.
LA MANZANA
La manzana quedó sobre la mesa.
Era roja y hermosa como un sueño.
Exhalaba un aroma fresquísimo de bosque
que embalsamaba el aire
de aquella habitación que daba al mar.
En su forma perfecta
podía resumirse el mundo todo.
Un silencio de seda acariciada
se posaba en su piel y temblaba la vida
en la pulpa jugosa de su carne.
Pasó el tiempo. Volvimos
el verano siguiente. Los gusanos
habían devorado la manzana.
Sobre la pobre mesa sólo había
una sombra de polvo,
un olor de humedad y de maderas viejas.
Tampoco había rastro de gusanos.
HISTORIA ABREVIADA DE LA HUMANIDAD
Sobre el tablero están
dispuestos los ejércitos.
La torre y el alfil,
el peón y el caballo,
la dama con su corte
en orden de batalla departiendo.
Sólo el rey permanece silencioso.
De nada le valdrán su porte noble,
su cetro, su corona, su altivez,
pues todos están prestos a matarlo
para heredar el trono y comenzar
otra vez otra guerra en otra parte.
LITOGRAMA
Aquí yacen los restos
de un hombre como tú.
El nombre poco importa.
Un hombre que vivió
de acuerdo con las normas de su época,
cumplió con sus deberes, tuvo hijos,
celebró sacrificios a sus dioses
y soñó, igual que tú, con la inmortalidad.
Advierte, viajero, cuán parva es la existencia,
y en qué termina todo
cuando llegas al cabo del camino.
Descansa, pues, y siéntate
bajo la grata sombra de algún árbol.
Mira el cielo, las nubes, los pájaros que pasan,
la caricia del aire entre las mieses.
Disfruta de esta intensa placidez.
De este breve fulgor de eternidad
que la vida te ofrece.
Así. Como un milagro.
TODOS LOS DESTINOS SE LLAMAN ÍTACA
Nunca le des la espalda a tu destino,
ni abandones la senda
que te marcan los astros.
Detrás de cada esquina azul del horizonte,
un viento nuevo se alza y te señala
la ruta en alta mar.
No escuches las sirenas perversas, cuyo canto
te convoca a una muerte sin prodigio.
Más allá de ese sol
que deslumbra tus ojos en cada amanecer,
tu recompensa aguarda: una hermosa
ensenada de luz donde atracar
tu amor, la fuerza ciega que te hace persistir
y eludir cada noche la locura.
PREVISIÓN DE FUTURO
Cuando vas por la calle. Tal vez mientras escribes.
Un día de verano con mucho sol. Quizás
una tarde lluviosa de un invierno plomizo.
Sucederá. Y entonces
te verás obligado a devolver
la hermosa luz amniótica
que se te concedió aquel siete de agosto
y volver a la nada de la que formas parte
y sin la cual careces de sentido.
El mundo seguirá desmoronándose
ladrillo tras ladrillo y sombra a sombra.
Hasta que ya no quede ni una estrella
en la cosmogonía del silencio.
INTERINIDAD
“mientras el tiempo diga todavía”
MARIO BENEDETTI
Si todo se reduce a este momento
fugaz e irrepetible en el que existes
sin ayer ni mañana,
tampoco importa tanto,
pues todo, a fin de cuentas,
es pábulo del tiempo, y lo sabemos.
El antes y el después son solamente
ficciones que inventamos
para justificar la realidad
de un mundo inaccesible y aparente:
la historia sin nosotros
que nadie ha de escribir.
Sentimos el ahora como un fuego invisible
ardiendo en nuestra carne,
y entendemos que en ello
el milagro reside. Es suficiente
dejarse poseer por la belleza
y gozar de esta luz
que alienta en nuestro ser
mientras el tiempo diga todavía.
EL RETROVISOR
Mientras muere la tarde
avanzas en silencio
por una carretera solitaria.
En el cuentakilómetros
se amontonan sin orden los minutos
que llevas conduciendo sin parar,
desesperado y triste,
como un hombre que huye
acaso de sí mismo.
Tu sombra se abre paso entre la sombra.
Ciudades, bosques, gentes
que te dicen adiós desde cualquier
recodo inesperado de la noche.
Por el retrovisor
los contemplas perderse en la distancia
hasta que al fin la sorda opacidad
de la negrura acaba devorándolos.
En el cielo la luna es una lágrima
que de lo oscuro cae.
TÚ
No se te olvide nunca que la vida
es un producto extraño fabricado
en los laboratorios del azar,
que tú eres solamente el envoltorio
de un complejo entramado de sustancias
químicas que responden
a primarios estímulos,
que se te impone código de barras,
que tu valor depende del mercado.
Y, sobre todo, nunca se te olvide
que tienes fecha de caducidad.
EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS
La tarde que transcurre lentamente,
el olor del azahar, el cielo azul,
los pájaros que pasan
y alegres picotean el silencio,
las montañas lejanas, los árboles frondosos,
el amor de mi esposa,
la inocente ternura de mis hijos
y la muerte mirándome a los ojos.
EJERCICIOS DE SUPERVIVENCIA
No sé muy bien qué busco al escribir
este poema. Quiero
pensar que en esta frívola tarea
hay algo de verdad,
que es un acto de fe
de un hombre que almacena pesadillas
en los lóbregos sótanos del alma.
Tampoco sé muy bien si existe algún destinatario,
si hay alguien que me escucha
al otro lado del silencio.
Del mismo modo ignoro si coincide mi nombre
con el del remitente,
si no soy un trasunto de mí mismo,
una insensata sombra
haciendo pirotecnia de palabras
contra el cielo vacío de la tarde.
EL POETA CONTEMPLA EL JARDÍN DE SENDEROS
En cada encrucijada de mi vida
alguien que pude ser se desvanece.
Un rostro conocido, siempre el mismo,
me dice adiós desde la lejanía.
El niño que jamás abandonó la infancia,
el músico que amaba las mil modulaciones del silencio,
el místico, cargado de locura,
el joven futbolista malogrado,
el campesino pobre que sentía
germinar en su pecho las simientes,
el hombre que soñaba con el mar,
el que miraba embelesado las estrellas.
En cada encrucijada de mi vida
otros seres remotos que nunca existirán
me miran con nostalgia.
Como miran los muertos lo insondable.
Con los ojos quemados
por la fría sequía de la nada.
POLVO ENAMORADO
Como Quevedo entiendo que la vida
es una extraña muerte cotidiana
que lame con lascivia
las heridas del alma y de la carne.
¿Qué queda del latido, de cuanto oprime el pecho
en las hondas arterias de la tierra?
¿Cómo certificar que todo expira
en la hoguera del aire, en el silencio
que sucede a ese inútil relámpago del ser?
¿Y cómo conocer si en esa sombra
en la que al fin reposa la existencia
queda algo de amor, de la llama que ardía,
o es la nada terrible lo que envuelve,
como un sudario frío,
el polvo sin amor, la vil materia?
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