LIBROS

PIEDRA PRIMARIA

 

Un jurado presidido por Luis María Ansón y compuesto por Elvira Muñiz, Aurelio González Ovies, Francisco Álvarez Velasco y Pedro Luis Menéndez concedió por unanimidad a este poemario el Premio Internacional de Poesía “Ateneo Jovellanos” 2003 en su XIII edición.

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Piedra Primaria se inicia con dos epígrafes en los que he creído ver sendas claves para entender mejor el libro. El primero es un endecasílabo de Góngora, tal vez el verso más pesimista de toda nuestra lírica: «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.» El segundo epígrafe es metapoético y está tomado de Gimferrer: «Ordenar estos datos es tal vez poesía.» Pienso yo que el poeta Juan Ramón Barat Dolz, con la cita gongorina, mediante esa gradación de sustantivos que progresivamente denotan mayor desrealización (tierra / humo / polvo / nada) quiere dejar desde el principio muy claro su sentido de la existencia y el tono del libro. Las palabras de Gimferrer, en cambio, apuntan a la rigurosa arquitectura de este discurso poético. El hojear simplemente el libro y la lectura de su índice nos permiten descubrir que el texto poético está dividido en tres partes con doce poemas en cada una, que el primer poema y el último del libro tienen el mismo número de versos, que el título del libro es título del último poema; que la primera parte parece apoyarse especialmente en la perspectiva de la tercera persona gramatical; la segunda, en un “tú”, que parece ser el machadiano ("Con el tú de mi canción/ no te aludo, compañero;/ ese tú soy yo"); y la tercera parte, en la perspectiva de un “yo” explícito...

Como no es éste el lugar ni ésta la ocasión para exenderme en exégesis, dejaré este punto aquí, subrayando únicamente el hecho de la estructura ternaria: ¿Un tríptico, un camino en tres etapas, un viaje a Ítaca sin final feliz, una escalera de tres tramos, una estructura dialéctica de tesis, antítesis y síntesis...? Manuel Calderón, el autor del prólogo, quiere ver en el último Premio Ateneo Jovellanos una secuencia temporal de tres jornadas (tres días de doce horas o de doce poemas por día), con vuelta al punto de partida. Como cada lector tiene derecho a recrear el texto poético a su modo, yo prefiero imaginar aquí la alegoría de una escalera por la que el homo erectus (título del primer poema) va descendiendo en búsqueda de la “piedra primaria”, la que puede dar sentido a la existencia. Aunque, a veces, por la recurrencia de los temas que se abordan, el camino parece transcurrir por “la escalera sin fin” del famoso dibujo de M. C. Escher, o, tal vez, por la pendiente de un Sísifo al revés.

El homo erectus es el poeta que quiere despegar de la animalidad («Me alcé sobre las patas» es el primer verso del libro); en un poema que no pertenece a este volumen, Juan Ramón Barat se había presentado del siguiente modo: «Seguramente soy / un hombre triste y gris /como todos ustedes.»; en el poema final, queremos verle identificado con el peregrino que acude al oráculo de Delfos, habitado por la serpiente, donde la piedra onfálica marca el centro del mundo. «Dónde está la verdad» —dice el poeta— «Desde qué falso templo se levanta / su voz como un inmemorial ofidio?»; en otro poema de la primera parte, el poeta parece identificarse, al modo del autor de Hijos de la ira , con perros aterrorizados que ladran en la noche : «¿Quiénes son esos perros furibundos? /¿Qué miedo los impulsa / a ladrar y ladrar contra las sombras.»

El sentido de la existencia humana, el imparable paso del tiempo, la muerte y las preguntas por la posibilidad de la trascendencia son temas vertebradores de las páginas de este libro. Una de sus materializaciones más productivas poéticamente es, a mi entender, la dialéctica sombra / luz. El poeta, marcado para siempre por la conciencia de «que le sigue / a todas partes algo / frío, como una lengua invisible, la sombra / de un sueño mineral», es decir, con el convencimiento heideggeriano de que es un «ser para la muerte», se rebela y esgrime en la oscuridad «el infinito sílex» —dice él— de la angustia. Tiene, a cambio, la belleza que, muy a lo romántico, se convierte «en la sombra de un sueño inalcanzable», o bien «en esa utopía que a veces nos redime / de la indigna tarea de ser hombres.»

Piedra primaria es un libro escrito desde una conciencia radical nihilista («No cabe registrar, pues, la existencia / sino en las oficinas translúdidas del aire. / Allí donde la nada / apacienta su turba de gusanos.»). Sin embargo, paradójicamente, la visión pesimista de la existencia derivada de tal modo de entender el mundo, lleva como contrapeso una decidida afirmación existencial de amor a la vida: «Entrégate a la luz de cada instante.» Es la propuesta del carpe diem al que nos invita Barat. La consigna aparece en el poema “Hijo mío”:

 

“Y si al cabo la vida se te brinda

como un nítido sol que entre lo obscuro

fosforece y se extingue, sé feliz”.

 

Varias voces hermanas acompañan a nuestro poeta en el libro que hoy nos entrega. Todas ellas, marcadas por fuerte humanismo: son los grandes clásicos latinos (Virgilio, Horacio, Ovidio, Catulo); nuestros Fray Luis de León y San Juan de la Cruz; muy especialmente Quevedo y Góngora; y tambiém, Bécquer, A. Machado, Cernuda, Borges... Y, sin embargo, el discurso de Piedra Primaria nos llega modulado con una voz muy personal. Juan Ramón Barat, que en un poema confiesa no saber qué busca al escribir, que duda de tener algún destinatario que le escuche «al otro lado del silencio», con el dominio de la palabra poética, sin caídas en el oficio, que aquí ha demostrado, entre quienes abran las páginas de Piedra Primaria logrará indudablemente muchos y buenos lectores incondicionales.

 

Francisco Álvarez Velasco

 

 

 

HOMO ERECTUS

 

Me alcé sobre las patas

traseras y mi voz

sonó como un chillido gutural

arañando el silencio inmóvil de la noche,

y supe que era dios –lo supe entonces-

quien habitaba en mí,

por eso levanté mi brazo

esgrimiendo en lo oscuro

el infinito sílex de mi angustia.


LA FOSA

 

Aquel que haya mirado

cara a cara una fosa no podrá

volver a contemplar sin inquietud

su rostro en el espejo.

Tendrá la sensación de que le sigue

a todas partes algo

frío, como una lengua invisible, la sombra

de un sueño mineral.

Quien ha mirado el fondo

terrible de una fosa

jamás regresará a su consciencia indemne.

La vida le concederá ese día

un acceso directo a la tristeza,

pues todo cuanto avisten sus ojos desde entonces

en esencia ha de ser

una reproducción facsímil de la muerte.

 

Una iconografía del dolor.

 

LA MANZANA

 

La manzana quedó sobre la mesa.

Era roja y hermosa como un sueño.

Exhalaba un aroma fresquísimo de bosque

que embalsamaba el aire

de aquella habitación que daba al mar.

En su forma perfecta

podía resumirse el mundo todo.

Un silencio de seda acariciada

se posaba en su piel y temblaba la vida

en la pulpa jugosa de su carne.

Pasó el tiempo. Volvimos

el verano siguiente. Los gusanos

habían devorado la manzana.

Sobre la pobre mesa sólo había

una sombra de polvo,

un olor de humedad y de maderas viejas.

Tampoco había rastro de gusanos.

 

HISTORIA ABREVIADA DE LA HUMANIDAD

 

Sobre el tablero están

dispuestos los ejércitos.

La torre y el alfil,

el peón y el caballo,

la dama con su corte

en orden de batalla departiendo.

Sólo el rey permanece silencioso.

De nada le valdrán su porte noble,

su cetro, su corona, su altivez,

pues todos están prestos a matarlo

para heredar el trono y comenzar

otra vez otra guerra en otra parte.

 

LITOGRAMA

 

Aquí yacen los restos

de un hombre como tú.

El nombre poco importa.

Un hombre que vivió

de acuerdo con las normas de su época,

cumplió con sus deberes, tuvo hijos,

celebró sacrificios a sus dioses

y soñó, igual que tú, con la inmortalidad.

Advierte, viajero, cuán parva es la existencia,

y en qué termina todo

cuando llegas al cabo del camino.

Descansa, pues, y siéntate

bajo la grata sombra de algún árbol.

Mira el cielo, las nubes, los pájaros que pasan,

la caricia del aire entre las mieses.

Disfruta de esta intensa placidez.

De este breve fulgor de eternidad

que la vida te ofrece.

Así. Como un milagro.


TODOS LOS DESTINOS SE LLAMAN ÍTACA

 

Nunca le des la espalda a tu destino,

ni abandones la senda

que te marcan los astros.

Detrás de cada esquina azul del horizonte,

un viento nuevo se alza y te señala

la ruta en alta mar.

No escuches las sirenas perversas, cuyo canto

te convoca a una muerte sin prodigio.

Más allá de ese sol

que deslumbra tus ojos en cada amanecer,

tu recompensa aguarda: una hermosa

ensenada de luz donde atracar

tu amor, la fuerza ciega que te hace persistir

y eludir cada noche la locura.

 

 


PREVISIÓN DE FUTURO

 

Cuando vas por la calle. Tal vez mientras escribes.

Un día de verano con mucho sol. Quizás

una tarde lluviosa de un invierno plomizo.

Sucederá. Y entonces

te verás obligado a devolver

la hermosa luz amniótica

que se te concedió aquel siete de agosto

y volver a la nada de la que formas parte

y sin la cual careces de sentido.

El mundo seguirá desmoronándose

ladrillo tras ladrillo y sombra a sombra.

Hasta que ya no quede ni una estrella

en la cosmogonía del silencio.


INTERINIDAD

“mientras el tiempo diga todavía”

MARIO BENEDETTI

 

Si todo se reduce a este momento

fugaz e irrepetible en el que existes

sin ayer ni mañana,

tampoco importa tanto,

pues todo, a fin de cuentas,

es pábulo del tiempo, y lo sabemos.

El antes y el después son solamente

ficciones que inventamos

para justificar la realidad

de un mundo inaccesible y aparente:

la historia sin nosotros

que nadie ha de escribir.

Sentimos el ahora como un fuego invisible

ardiendo en nuestra carne,

y entendemos que en ello

el milagro reside. Es suficiente

dejarse poseer por la belleza

y gozar de esta luz

que alienta en nuestro ser

mientras el tiempo diga todavía.


 

EL RETROVISOR

 

Mientras muere la tarde

avanzas en silencio

por una carretera solitaria.

En el cuentakilómetros

se amontonan sin orden los minutos

que llevas conduciendo sin parar,

desesperado y triste,

como un hombre que huye

acaso de sí mismo.

Tu sombra se abre paso entre la sombra.

Ciudades, bosques, gentes

que te dicen adiós desde cualquier

recodo inesperado de la noche.

Por el retrovisor

los contemplas perderse en la distancia

hasta que al fin la sorda opacidad

de la negrura acaba devorándolos.

En el cielo la luna es una lágrima

que de lo oscuro cae.

 

 

No se te olvide nunca que la vida

es un producto extraño fabricado

en los laboratorios del azar,

que tú eres solamente el envoltorio

de un complejo entramado de sustancias

químicas que responden

a primarios estímulos,

que se te impone código de barras,

que tu valor depende del mercado.

Y, sobre todo, nunca se te olvide

que tienes fecha de caducidad.

 

EXPOSICIÓN DE LOS HECHOS

 

La tarde que transcurre lentamente,

el olor del azahar, el cielo azul,

los pájaros que pasan

y alegres picotean el silencio,

las montañas lejanas, los árboles frondosos,

el amor de mi esposa,

la inocente ternura de mis hijos

y la muerte mirándome a los ojos.

 

EJERCICIOS DE SUPERVIVENCIA

 

No sé muy bien qué busco al escribir

este poema. Quiero

pensar que en esta frívola tarea

hay algo de verdad,

que es un acto de fe

de un hombre que almacena pesadillas

en los lóbregos sótanos del alma.

Tampoco sé muy bien si existe algún destinatario,

si hay alguien que me escucha

al otro lado del silencio.

Del mismo modo ignoro si coincide mi nombre

con el del remitente,

si no soy un trasunto de mí mismo,

una insensata sombra

haciendo pirotecnia de palabras

contra el cielo vacío de la tarde.

 

EL POETA CONTEMPLA EL JARDÍN DE SENDEROS

 

En cada encrucijada de mi vida

alguien que pude ser se desvanece.

Un rostro conocido, siempre el mismo,

me dice adiós desde la lejanía.

El niño que jamás abandonó la infancia,

el músico que amaba las mil modulaciones del silencio,

el místico, cargado de locura,

el joven futbolista malogrado,

el campesino pobre que sentía

germinar en su pecho las simientes,

el hombre que soñaba con el mar,

el que miraba embelesado las estrellas.

En cada encrucijada de mi vida

otros seres remotos que nunca existirán

me miran con nostalgia.

Como miran los muertos lo insondable.

Con los ojos quemados

por la fría sequía de la nada.


POLVO ENAMORADO

 

Como Quevedo entiendo que la vida

es una extraña muerte cotidiana

que lame con lascivia

las heridas del alma y de la carne.

¿Qué queda del latido, de cuanto oprime el pecho

en las hondas arterias de la tierra?

¿Cómo certificar que todo expira

en la hoguera del aire, en el silencio

que sucede a ese inútil relámpago del ser?

¿Y cómo conocer si en esa sombra

en la que al fin reposa la existencia

queda algo de amor, de la llama que ardía,

o es la nada terrible lo que envuelve,

como un sudario frío,

el polvo sin amor, la vil materia?

 

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