CONFESIONES DE UN SAURIO

 

Un jurado compuesto por Ángel Luis Prieto de Paula, Bienvenido Guillén Herrero y Juan Gómez Capuz concedió a este libro el XI Premio de Poesía "Francisco Mollá" del Ayuntamiento de Petrer, Alicante, el año 2004.

 

PRÓLOGO

Si excluimos una aparición temprana y sin continuación inmediata, los libros de Juan Ramón Barat han visto la luz a partir del año 2000. Tras abrir de par en par las compuertas de la publicación, a la edad en que algunos comienzan a efectuar recuentos recopilatorios, el autor ha editado varios volúmenes en apenas cinco años, seña de la feracidad de su escritura a pesar de su anterior silencio. Pero quien escuche la armonía rítmica de sus versos sabrá que el oficio que demuestra no está asistido sólo por una gracia natural, pues es fruto de muchas horas y de muchos versos previos que se habrán quedado en el cajón, y que acaso lo publicado es sólo la cresta de un iceberg cuya mayor parte está a resguardo de las miradas. Por lo demás, el propio autor ha entendido que su obra necesitaba de un remanso donde pudiera apreciarse con el sosiego adecuado: a esa necesidad obedece la antología El héroe absurdo (2004). Lejos de los héroes titánicos, grandiosos aun cuando derrotados, el “héroe absurdo” de Barat es de otra raza bien distinta que nos resulta, si vale la paradoja, extrañamente familiar, dado que se trata de un sujeto “como todos ustedes” ?título de otro libro suyo?, cuya épica ha sido batida y abatida por el sucederse de los días indistintos y los abalorios de la costumbre.

Ese héroe deshilachado estaba desde el comienzo abocado a la nada, pues el autor parece haber renunciado a las expectativas finalistas. A medida que atravesaba el páramo de los días ha mantenido una identidad esencial, aunque el tiempo haya trabajado sobre o contra él, macerándolo, amoldándolo, haciéndole ver lo deleznable de su constitución. Así es como ha llegado hasta este nuevo volumen titulado Confesiones de un saurio . El título puede sorprender a quien no haya leído el poema del que se toma, una píldora que condensa la transmigración del sujeto a lo largo de las generaciones. Pues, en efecto, el poeta es la enésima edición de aquel saurio que un día determinó “expatriarse del agua y conquistar / el reino de los cielos / y la soberanía de la tierra”, momento en que inició el proceso de mutaciones y se le desató el instinto brutal de la depredación que ha marcado con un rastro de sangre las enloquecidas sendas de la historia. Después de todo ello, el poeta, ese saurio, atisba un futuro próximo en el que adivina, tras su aspecto actual, al animal aquel irguiéndose “entre los milenarios escombros de la muerte”. Una tormenta de sombras es el cabo y el rabo de una vida encerrada, como la matriushka más pequeña, en el cuerpo de otro cuerpo de otro cuerpo.

Así que la individualidad del sujeto que se confiesa ante nosotros queda matizada por ese encadenamiento de fatalidades que está en su origen. Él es él , pero también es nosotros , todos los hombres con instancias vitales parecidas y coincidentes en los trazos más gruesos. Lo cual habla a las claras de la precariedad de su existencia propia en cuanto actualización de un destino que nos afecta a todos, pero no atenúa los perfiles más personales, esos sí suyos e intransferibles, del amor, el dolor, la soledad, el miedo. Este saurio evolucionado, o, si se quiere, este héroe absurdo en el que ha dado el animal atroz luego de atravesar eras y glaciaciones, es un pobre ser existencial que, en el ámbito restringido de la última generación humana, se llama Juan Ramón Barat y tiene un pasado minúsculo (al menos si se compara con el ayer geológico que se pierde en la noche del tiempo): el del mundo de su infancia poblado por la pobreza y los padres, la hermana y sus muñecos, la epifanía de lo real en la blancura solar sobre una tapia... Éstos son los formantes de un pequeño paraíso, locus amœnus tras cuyas fronteras batía inmisericorde la lluvia, y a ellos ha rendido homenaje en Hoja de servicios , título de la sección primera del libro. Hecha la presentación, vienen los restantes apartados, donde se recogen medallones de la cotidianidad, fábulas morales con las que fácilmente se producirá la adhesión de los lectores, preguntas trascendentes aunque apenas lo parecen por cuanto están formuladas como al desgaire...

Esta poesía pasa la mano por el lomo de las cosas, mira hacia atrás y hacia el entorno, refiere los trabajos y los días: la esposa y los hijos, los azacaneos diarios, los muñones de una imaginación cercenada, el sinsentido de aquello que, por obvio, parece que no necesita tener sentido... El resultado es una vida corriente, despoblada de dogmas y acomodada a los recortes. De ella dan cuenta los versos de Barat: versos a la mano del lector, sencillos pero perfectamente tejidos, precisos en el lenguaje, contenidos y muy efectivos en sus imágenes. El discurso narrativo de los poemas no engaña a nadie: entre escorzos y desvíos de la emoción, ésta termina apoderándose de la escena.

Hay en estas composiciones algunas invitaciones a la luz, pero, aunque el lenguaje huye del tremendismo y Barat se ha descalzado del coturno trágico, abundan mucho más las estampas tristes, y alguna ?excepcionalmente, pero ahí está? pavorosa. Después de todo, es difícil no sentirse alcanzados por el hocico de esa “mala perra que mastica / los huesos de mi alma”, lleva entre sus dientes “algún trozo de mí” y, al irse retirando, va dejando a su paso “un reguero / de excrementos de sombra”.

¿Creían ustedes que los poemas de este libro, tan acompasados en sus cauces de heptasílabos y endecasílabos, tan mecidos en el vaivén de los versos sucediéndose, tan dichos en voz baja desde el yo del autor al del lector, tan, en fin, “bonitos” ?no quiero renunciar al adjetivo en que lo bueno se resuelve en hermoso?..., creían ustedes, digo, que los poemas de este libro eran una especie de nanas para dormir infantes? Pues no, no lo son. A veces la belleza tiene, como aquí, un argumento cotidiano; pero sólo la costumbre de convivir con lo cotidiano nos libra de estremecernos ante su rostro más terrible.

 

Ángel Luis Prieto de Paula

 

 

LA COCINA

 

Hervía en la cocina

la olla de escarola.

Mi madre trajinaba sin descanso

por la casa. Fregaba las sartenes,

cosía calcetines y cantaba,

enhebrando la luz con su ternura.

En sus ojos el mundo

era un claro remanso de alegría.

Mi abuela dormitaba murmurando

en la mesa camilla con brasero

su eterno avemaría de santos y difuntos.

Mi hermana dispersaba por el suelo

una locomotora de lápices alpino,

o reía jugando con alguna muñeca

que no tenía brazos.

En el corral, mi padre, por culpa de los Celtas,

tosía y blasfemaba

ordeñando las vacas y limpiando el estiércol.

Yo aprendía los nombres

de los ríos más célebres de Europa,

la fórmula de hallar la hipotenusa,

traducía La Guerra de las Galias

o leía a Roberto Alcázar y Pedrín.

Más allá de las cuatro paredes de mi casa

siempre estaba lloviendo.

Una lluvia furiosa que azotaba

la tierra con su látigo

de lágrimas sin rumbo.

La vida estaba allí, latiendo lentamente,

como un bulbo escondido en la espesura

plomiza del invierno. La vida estaba allí.

Entonces yo ignoraba que la lluvia termina

por llevárselo todo,

que el agua funeral del tiempo arrastra

en su loca corriente sin destino

aquello que fue nuestro alguna vez.

Pero ha llovido mucho desde entonces.

Ahora soy ese hombre silencioso

que escribe casi a oscuras

este triste poema intrascendente.

Escribo aun a sabiendas de que sigue

lloviendo más allá

de las cuatro paredes de mi alma

cada vez con más fuerza,

y de que no es posible

perpetuar la memoria de la patria perdida.

Supongo que deseo rescatar del olvido,

aunque sea tan sólo en estos versos,

Gallia est omnis divisa in partes tres,

las largas letanías de mi abuela

entre el sordo runrún de los pucheros,

las voces de mi padre, el olor de las vacas,

la risa de mi hermana y su muñeca sin brazos,

el dulcísimo rostro de mi madre,

el amargo sabor de la escarola.


SONAMBULISMO CRÓNICO

 

De pequeño soñaba con indios y vaqueros,

con caballos alados y princesas

que tenían el rostro de mi madre.

Cuando iba al instituto

soñaba con las piernas

de aquella profesora

que leía poemas de Verlaine

con sus labios pequeños, gordezuelos

y rojos como fresas.

Más tarde, en el ejército me daba

por soñar con blanquísimas palomas.

Desde hace cierto tiempo he decidido

de manera inconsciente

ampliar el horizonte de mis sueños.

El trabajo, la casa, la familia,

los temas financieros, la salud,

las guerras o las multas

por mal aparcamiento, por ejemplo,

suelen ser personajes ordinarios

en mis enmarañadas fantasías

oníricas. Yo creo que conspiran

y traman un complot. No me dejan dormir

la mitad de las noches.

Muchas veces me quedo con la mente perdida

en un limbo de sombras.

Y cuando me levanto,

entumecido y triste, al despuntar el alba,

es como si volviera de un exilio

secreto al que de un modo inexplicable

me siento condenado.

Y me da por soñar con los ojos abiertos.


EL RÍO

 

Bajábamos al río cogidos de la mano

por aquellos caminos

de algarrobos, almendros y ciruelos

con la dicha más honda

ardiendo en nuestro pecho adolescente.

El verano era entonces

un remanso de luz interminable

y el mundo parecía

haber sido creado sólo para nosotros.

En la dura corteza

de un árbol escribimos

a punta de cuchillo nuestros nombres

dentro de un corazón.

Aquel tiempo pasó sin darnos cuenta.

No volvimos a vernos nunca más.

La vida fue después

un extraño correr hacia el invierno frío.

Y los años se fueron sucediendo

vertiginosamente.

Ya no soy aquel joven

que nadaba en el río y que soñaba

mirando las estrellas al decir

sus primeras palabras encendidas de amor.

Ya nada sé de aquella muchacha a la que quise

como a nada en el mundo.

He olvidado su nombre

y el timbre de su voz.

Tampoco soy capaz de recordar su rostro.

 

LA TAPIA

 

Contra la blanca tapia de la casa

aquella tarde el sol

lamía con su luz las buganvillas.

En la radio sonaba una música dulce de verano

y flotaba en el aire el olor de la albahaca.

Un mirlo atravesó frente a mis ojos

el cielo azul.

Recuerdo

aquel momento breve de mi vida

con una nitidez extraordinaria.

De repente sentí que la belleza

me ofrecía desnuda su esplendor,

que la razón del mundo

me estaba siendo revelada

con toda intensidad.

Luego, vino la noche

y supe con tristeza que la vida

de los hombres no admite

pasaporte de luz al infinito.

Recuerdo aquella tapia con nostalgia,

el sol, las buganvillas,

el olor de la albahaca, la música y el mirlo.

Todo lo que perdí

aquella extraña tarde para siempre.

 

HEPATITIS

 

Jamás pude olvidar

el rostro de mi amigo

dentro de aquella caja

de pino barnizado y el olor

de tantas flores muertas a su lado.

El color mineral

de sus ojos abiertos

mirando inútilmente el infinito.

La palidez terrible

de su fisonomía.

Su mueca de estupor petrificado

a la luz macilenta de los cirios.

El invierno azotaba las ventanas

con su fusta de truenos.

La lluvia parecía inacabable.

Y el frío se colaba

por todos los resquicios

de aquella extraña noche

lejana de mi infancia.

Era yo muy pequeño.

Tenia nueve años

casi recién cumplidos.

Ignoraba

que aquella sensación de escalofrío

ya nunca me abandonaría.

 

LA VIDA

 

Es una mala perra que mastica

los huesos de mi alma.

Yo la veo pasar todas las tardes.

No sé de dónde viene ni por dónde se va.

Entre sus dientes sucios siempre lleva

algún trozo de mí.

Y lo que va dejando es un reguero

de excrementos de sombra.

 

ANTÓNIMOS COMPLEMENTARIOS

 

Llegaron las palomas

y ocuparon el centro del jardín.

Bulliciosas y alegres

Intensamente blancas. Parecía

que la mano de dios

las hubiera arrojado

desde la claridad de un reino idílico.

Y sin embargo fue

la llegada imprevista

del aquel oscuro cuervo,

su negrura brillante entre el blancor

de las palomas, la que me reveló

definitivamente la belleza.

 

LATITUD CERO

 

Al regresar al punto de partida

advertirás que nadie te esperaba,

que todo ha sucumbido

a la metódica erosión del tiempo.

Con tu partir rompiste

el lazo umbilical con el pasado.

La vida desde entonces es una sucesión

de heridas mal cerradas, vagos nombres,

rostros, fechas y números

que diluye el olvido.

Muñones que agonizan

en medio del camino transitado.

Ese oscuro sendero que conduce

no sabes hacia dónde. Al regresar

no pidas hospedaje a tus recuerdos

y acepta la limosna

que el azar insolente te regale.

Aunque nadie te espere no te importe

pues sólo es importante la esperanza

de encontrarte a ti mismo.

 

La luz sólo se alcanza

atravesando sombras

 

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