1707

EL SUEÑO PERDIDO

 

Novela histórica sobre la

Guerra de Sucesión española

 

 

 

ALGUNAS RESEÑAS SOBRE LA OBRA

 

COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS

Cuando se abre una novela, el lector espera al menos un par de cosas, una, que el argumento sea lo suficientemente bueno como para mantenerle interesado, pendiente de lo que leen sus ojos, y dos, que la narración sea fluida, amena y entretenida, con el fin de sostener con garantías ese interés. Juan Ramón Barat, a quien hasta ahora teníamos por un poeta cabal y con mayúsculas, ha desembarcado en el territorio novelístico haciendo gala, entre otras, de esas dos virtudes, porque las andanzas de Juan Bautista Basset prenden en el lector de forma indeleble casi desde la primera de las páginas de la obra.

Y no le han dolido prendas a la hora de encarar esta primera novela con el fondo de lo histórico, a diferencia de otros muchos que habrían sucumbido a la tentación de transcribir documentos y fuentes, amparándose en las bibliotecas. Él, en cambio, no renuncia ni al marco real, el reino de Valencia durante la Guerra de Sucesión, ni tampoco a la verosimilitud del propio Basset, un héroe traicionado e incomprendido, como tantos otros hubo en aquella época convulsa.

Pero además de lo histórico, hay una fuerza argumental notable, porque los orígenes del carpintero Basset, sus amores frustrados con Soledad Climent, el destierro y los méritos militares le sirven como motores para desarrollar unas vivencias atrayentes en el más puro estilo de las novelas de aventuras, con secretos incluidos, misterios, pasiones y grandes sacrificios. Hay, también, una fuerte carga sociológica en la obra, y la eterna reivindicación de los más débiles frente a los que más tienen, la misma que le provoca a Basset una gran frustración al ver que los poderosos utilizan al pueblo para sus propios fines.

Ni siquiera el obstáculo de conocer el desenlace -se trata de hechos históricos que no pueden alterarse- empaña la calidad y la intensidad de la prosa de este autor también valenciano, y su pericia para reflejar con toda fidelidad un buen número de personajes reales, reyes incluidos, al igual que la geografía y las costumbres de su tierra. Tal vez la batalla de Almansa y la guerra que dio paso al reinado de los Borbones hayan pasado de puntillas para muchas personas, pero después de leer esta novela ya nadie podrá olvidar aquellos hechos.

ANTONIO PARRA SANZ, La Verdad, Murcia, 24 de noviembre de 2007

 

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EL AMOR DE UN HÉROE

Pertenece a los libros que atraen desde las primeras páginas porque ha sido tramado en la urdimbre histórica de una Valencia dispuesta a luchar por la defensa de sus fueros; y por la justicia social que exigen los campesinos, hartos de impuestos a la monarquía y señores; y de primas a la Iglesia.

El autor, Juan Ramón Barat, poeta galardonado y autor teatral traducido a diversos idiomas, presenta su primera novela, lanzada por Carena Editors, en donde se aprecia un espíritu nacionalista expuesto con ágil narración, en la que resalta el diálogo (fruto de su quehacer escénico) y la belleza de las descripciones de la huerta de Alboraia y la Valencia de la zona de Velluters, con su movimiento gremial.

En la turbulenta historia que antecedó a la Batalla de Almansa, surge la personalidad de Juan Bautista Basset, el hombre idealista, hijo de un carpintero, quien va forjándose como un héroe, capaz de enfrentarse a militares y estrategas, de esconderse, huir, contar con cómplices, sufrir en calabozos, escapar. Y a pesar de todo, encontrarse venciendo peligros con la mujer que ama, su esposa, Soledad.

Juan Ramón Barat se ha documentado ampliamente, durante largo tiempo, sobre los acontecimientos y la personalidad del Duque de Berwick, el Conde D´Ansfeld, Felipe de Anjou y Gabriela de Saboya, y también del Archiduque Carlos de Austria. Una cadena de secuencias intensas conducen hasta el final.

MARI ÁNGELES ARAZO, Las provincias, Valencia, 5 de mayo de 2007

 

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HÉROES Y ESTRATEGAS PUEBLAN NUESTRO PASADO

La Historia de España se ha escrito con los argumentos suficientes como para que nuestros novelistas construyan una teoría literaria con el rigor y la invención que exigiría el género, además de ofrecer a los lectores apasionantes fragmentos novelados de un pasado que merece ser conocido por un amplio público. Historia e intrahistoria. Héroes anónimos o conocidos estrategas y militares pueblan nuestro pasado que de vez en cuando son rescatados de un anonimato u olvido. Una de las últimas tendencias literarias consiste en novelar nuestro pasado.

La novela 1707. El sueño perdido (2007), que Juan Ramón Barat entrega, es su debut en el género, aunque tiene una amplia obra en verso con notorios premios conseguidos. Se trata de la excelente reconstrucción de la vida de Joan Baptista Basset, héroe de los maulets en la Guerra de Sucesión española, amigo del Príncipe de Hesse, partidarios del Archiduque Carlos, frente a las tropas de Felipe V. En la novela se cuentan todas las vicisitudes seguidas por el militar hasta la batalla de Almansa, el 25 de abril de 1707, cuando se pierde la esperanza de devolverle el trono al Archiduque. Dividida en diversos episodios de la biografía del general valenciano, el relato se inicia en su adolescencia y su posterior destierro, aunque la trama central enfrentará a maulets y botiflers , tras el firme compromiso contraído por Basset para que el nuevo rey, Carlos lll promulgara nuevos fueros y privilegios en favor del campesinado valenciano. Perdida la guerra, Felipe V abolió los Fueros y se impuso el Decreto de Nueva Planta, un régimen absolutista. Barat ameniza su historia con intrigas políticas y palaciegas hasta desembocar en el definitivo Consejo de Castilla. El sueño perdido ofrece un retrato fidedigno del héroe valenciano, su lado más humano, incluidos los sentimientos del honor y del amor, ese desaforado sentimiento hacia Soledad, en una puesta en escena perfecta que se combina con una auténtica historia de aventuras muy cinematográfica donde no falta de nada: la intriga, las secuencias bélicas, el rigor de los datos, y las anécdotas que hacen de la lectura una amenísima evocación del sentimiento y la tradición valencianas, incluido un nacionalismo de tremenda actualidad.

PEDRO M. DOMENE, “Cuadernos del Sur”, Diario de Córdoba, 18 de octubre de 2007

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CONTRAPORTADA

El 1 de noviembre de 1700 muere en Madrid, sin descendencia, Carlos II. Este hecho desencadena la terrible Guerra de Sucesión por la Corona del Imperio. La casa de Borbón y la casa de Habsburgo se disputan el trono vacío. Las potencias europeas se ponen rápidamente en movimiento para hacer valer sus intereses. Unas defienden al candidato francés, Felipe de Anjou, mientras otras prefieren la opción del archiduque austriaco Carlos. España también acaba dividiéndose en dos. Castilla, Navarra y Andalucía apoyan la causa borbónica, mientras que los Reinos de la Corona de Aragón optan por el archiduque. Pero, además, en los territorios de Valencia, la guerra toma tintes de revolución social. Los campesinos y los gremios de artesanos ven llegado el momento de acabar con las injusticias de los poderosos. En medio de tanta turbulencia, destaca la figura de Juan Bautista Basset, el hijo de un humilde carpintero de Alboraya, que pudo haber cambiado el rumbo de la historia.

 

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CAPÍTULO 1

 

Faltaban aún unos minutos para las siete de la mañana cuando los tres jóvenes llegaron junto al gigantesco ciprés que crecía detrás de la ermita abandonada. El verano languidecía y el aire marino, a esas horas tempranas, era fresco y húmedo. El cielo, todavía oscuro, había comenzado a clarear sobre la playa de la Malvarrosa.

Los jóvenes venían embozados en capas. Al llegar al sitio convenido hallaron tres sombras esperándolos.

-Habéis sido puntuales.

La escasa luz del amanecer apenas permitía entrever las facciones de los que conformaban aquel extraño grupo.

-Creí que no vendríais –insistió la misma voz.

Uno de los que acaban de llegar se adelantó unos pasos.

-Todavía podemos solucionar esto de manera pacífica –dijo.

Se trataba de dos muchachos de edad adolescente. Sus rostros, aún imberbes, denotaban una firmeza que contrastaba con su juventud.

-Aquí sólo existe un final posible.

Los cuatro acompañantes permanecían en silencio a unos pasos, atentos a las palabras de los dos interlocutores.

-Eso no es así. Vuestra hermana y yo nos queremos. Yo me casaré con Soledad, lo juro.

-¡No vuelvas a mencionar el nombre de mi hermana!

El joven recién llegado iba a decir algo, pero se mordió los labios.

-No eres más que el maldito hijo de un carpintero. ¿Cómo piensas que puedes soñar con mirar a la hija del marqués de Roca? Ni siquiera tienes derecho a batirte en duelo conmigo. No perteneces a mi clase. Si me rebajo a pelear con alguien como tú es porque quiero matarte con mis propias manos.

En ese momento comenzó a oírse un sonido lejano de campanas. Una de las cuatro sombras que permanecían calladas se adelantó tímidamente.

-Son las siete.

Los dos rivales se miraron de hito en hito.

-Os lo suplico por última vez, señor. Esto es un disparate. Yo quiero a Soledad. Y ella me quiere. Nadie tiene por qué morir.

El hijo del marqués miró a su contrincante con desprecio.

-¡Menestral y cobarde! –bramó Climent-. ¡La suerte está echada! Veo que has traído padrino y testigo. Como habíamos acordado. Empecemos ya.

Ernesto Climent tendría apenas dieciocho años. Se quitó la capa y el sombrero, y se los entregó a uno de sus acompañantes.

-No dispongo de todo el día –comentó desembarazándose de los guantes. Y en un alarde de soberbia, añadió-. Hoy tengo muchos asuntos que resolver.

El joven carpintero se quitó también la capa. A diferencia del otro, él no llevaba guantes ni sombrero.

-Por favor... –insistió.

-¡Cállate de una maldita vez!

El hijo del marqués hizo un gesto a uno de sus amigos, el que había mencionado la hora, y éste desplegó un papel que llevaba envuelto en el bolsillo interior de su capa. Leyó en voz alta y solemne los acuerdos del pleito.

Los dos padrinos desenvainaron las armas, dos dagas de doble filo con guarnición y gavilanes, y las entregaron a los duelistas. Ernesto Climent besó la empuñadura y luego hizo algunos movimientos rapidísimos como si tratara de cortar el aire en rebanadas. Por su parte, el hijo del carpintero tomó el arma, se agachó y dibujó una S sobre la tierra. Después, miró hacia el cielo aún oscuro y pronunció en silencio el nombre de la mujer que amaba.

La voz de uno de los acompañantes sonó autoritaria:

-Dense la espalda, por favor.

Los dos rivales obedecieron.

-Caminen tres pasos.

Unas aves oscuras cruzaron el cielo en dirección al mar. Por el este, justo sobre la playa de la Malvarrosa, el cielo comenzaba a teñirse de naranja.

-Pueden darse la vuelta.

Los jóvenes se colocaron frente a frente a una distancia de ocho varas.

-Que Dios reparta justicia –añadió por último-. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Y todos los presentes, incluidos los dos contendientes, se santiguaron.

El hijo del marqués, deseando acabar cuanto antes, se lanzó a un ataque fulminante. Soltó varias estocadas que el carpintero, dando muestras de una agilidad sorprendente, logró esquivar con algún apuro. La velocidad con que Climent agredía al adversario era neutralizada por la inesperada destreza de éste. El rubio carpintero parecía contentarse con repeler los ataques del rival, hasta que una cuchillada le alcanzó en la parte derecha del cuerpo y le hizo un corte a la altura de las costillas del que empezó a manar abundante sangre.

-Prepárate a morir –gritó exultante Climent.

Y sin dejar tiempo a reponerse de la sorpresa al rival, lanzó un par de puñaladas dispuesto a rebanarle el cuello; pero el carpintero respondió con unos movimientos de pantera acorralada. Esquivó como pudo el ataque y contragolpeó con mayor rapidez de la prevista por su adversario. Climent rechazó a duras penas la sorprendente réplica; pero, picado en su amor propio, se lanzó a un contraataque suicida. Hizo un par de fintas con el cuerpo, amagó hacia la izquierda y agredió con celeridad por la derecha. El rival, que esperaba el truco, aguantó el tipo y rechazó la embestida, retirándose a tiempo. Sin embargo, tuvo la mala suerte de dar un tropezón y caer a tierra. La herida que tenía bajo el pecho parecía un surtidor de sangre. Climent vio la ocasión de acabar de una vez la pelea y, al ver a su enemigo caído y malherido, se lanzó en picado con la intención de ensartarlo contra el suelo.

El hijo del carpintero reaccionó por instinto. Sobreponiéndose al dolor de la herida, ladeó el cuerpo lo justo para evitar la estocada asesina, al tiempo que levantaba su daga y la introducía hasta la empuñadura en el vientre de su adversario.

Climent abrió los ojos espantado, se levantó con grandísimo esfuerzo y anduvo tambaleándose unos pasos con la daga ensartada hasta caer de rodillas a los pies de los cuatro testigos. Durante algunos instantes, el silencio se hizo tan intenso que podía escucharse el sonido del aire entre las ramas del ciprés.

El carpintero se puso de pie con esfuerzo. El corazón le latía vertiginosamente. Se situó junto al cadáver y lo contempló con inmensa desazón. Luego se santiguó.

-Que Dios se apiade de vuestra alma –y al instante añadió-. Y también de la mía.

Tras decir esto, se encaró con los acompañantes del muerto.

-Lo siento. Vuesas mercedes son testigos de que he tratado de evitar el duelo a toda costa.

Y sin esperar respuesta, volvió los ojos hacia sus amigos.

-Vámonos.

Los tres jóvenes se alejaron hacia la ciudad por senderos de la huerta. Antes de entrar en la población, Juan Bautista Basset, el hijo del humilde carpintero de Alboraya, perdió la consciencia. Los amigos le lavaron las heridas en las aguas de una acequia. La cuchillada que le cruzaba las costillas era profunda y la sangre fluía como una fuente.

 

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El alguacil y los cuatro corchetes cruzaron la calle y se plantaron ante la carpintería. Juan Basset se encontraba terminando de pulir una imagen de San Cristóbal para el retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, por encargo expreso del párroco. Al ver a las autoridades frente a su portal, se levantó sorprendido. El alguacil le explicó sin demora la situación.

-Carpintero, venimos a detener a tu hijo.

El sencillo artesano se quedó boquiabierto. Dejó las herramientas sobre la mesa de trabajo y se quitó el mandil.

-Tiene que tratarse de una equivocación.

Al guardia se le escapó un mohín de impaciencia.

-Tu hijo ha matado al hijo del marqués de Roca y debe pagar por ello.

El rostro del carpintero se puso lívido de estupor.

-¿Mi hijo? ¡No puede ser!

El representante de la ley no estaba acostumbrados a dar explicaciones.

-¿Dónde está tu hijo? No tengo ganas de escuchar tus historias. O me dices dónde está o lo pagarás muy caro.

Algunos vecinos, a los gritos y voces que iban en aumento, se habían apiñado junto a la puerta. En ese momento apareció la esposa del carpintero. Cuando la informaron de la situación, la mujer rompió en sollozos.

El alguacil montó en cólera. Viendo la enorme expectación que el asunto estaba levantando, alzó la voz para que todos los presentes pudieran oírlo con claridad:

-¡Tienen un minuto!

Los instantes que siguieron a la amenaza fueron de un silencio intenso, sólo salpicado por el sollozo de la mujer y algunos murmullos de temor entre el vecindario.

-¡Os juro que no sé dónde está mi hijo! –clamó Basset.

El alguacil lo miró con frialdad. Luego, gritó una orden a los corchetes y éstos empezaron a destrozarlo todo: cuadros, sillas, mesas, figuras de mármol, imágenes, bustos. El carpintero trató de impedir que rompieran una escultura de alabastro de Santa Bárbara Bendita y recibió un golpe con la culata de un mosquete que lo arrojó al suelo echando sangre por la nariz. La gente contemplaba aterrorizada la escena.

-¡Deteneos! –gritó una voz imperiosa.

Era el padre Simón, párroco de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, a cuyo servicio solía trabajar de vez en cuando Basset. Los corchetes, al oír la voz del sacerdote, se quedaron con los brazos alzados.

-¿Qué significa esto? –preguntó encarándose con el alguacil.

El representante de la ley masculló una maldición.

-Esto no es asunto suyo, padre –dijo con dureza-. El joven carpintero ha matado al hijo del marqués de Roca esta misma mañana. Hay testigos.

-Lo sé –replicó tranquilamente el sacerdote.

-¿Lo sabe?

-Ambos se han batido en duelo –aclaró el padre Simón.

-Los duelos están prohibidos.

El cura hizo un ademán con la mano a los guardias para que bajaran los brazos. Estos pidieron permiso con los ojos al alguacil, que accedió de mala gana. El propio sacerdote ayudó a incorporarse al carpintero y lo sentó en una silla.

-Ya sabemos que los duelos están prohibidos –añadió el sacerdote-. Tampoco Dios Todopoderoso los aprueba.

-Mire, padre –rezongó con desgana el alguacil-. Su mismísima real Majestad ha dado orden de apresar a todos los que se batan en duelo. El gobernador lo sabe y trata por todos los medios de atajar el problema. En este caso, además, hay un muerto, y por si fuera poco se trata del hijo del marqués. Hizo una pequeña pausa para que todos asimilaran sus palabras.

-El asesino debe responder ante la ley –añadió finalmente.

El cura sacó un pañuelo del bolsillo interior de la sotana y se secó el sudor de la frente con gesto sereno.

-Eso no les da autoridad moral para destrozar esta casa. Además, ¿qué justicia le espera al hijo del carpintero?

El funcionario estaba empezando a perder otra vez la paciencia.

-Nosotros tenemos que cumplir una orden. O aparece el muchacho…

El sacerdote clavó sus ojos en los del alguacil.

-El chico no está aquí.

Todos los presentes miraron al padre Simón con expresión de sorpresa. La mujer del carpintero se limpió las lágrimas y contempló el rostro apacible del sacerdote. Juan Basset había olvidado el dolor del golpe en la cabeza. Antes de que nadie le preguntara, el párroco continuó:

-El muchacho ha solicitado la protección de la Santa Madre Iglesia.

El jefe de la guardia miró al cura con una mezcla de ira y asombro.

-¡Lo ha escondido en el templo! –bramó furioso.

-¡El joven estaba asustado! ¡No sabía adónde ir! Esta misma mañana, después del desgraciado accidente, ha llamado a la casa de Dios para pedir auxilio.

Más de medio centenar de curiosos se había agolpado a la puerta del taller. Tras las palabras del sacerdote, el clamor del gentío se hizo ensordecedor y el alguacil tuvo que imponer orden y respeto a la autoridad con amenazas de detención. Cuando volvió a hacerse el silencio, se dirigió a los corchetes:

-¡Vámonos a la iglesia! ¡Y usted, padre, venga con nosotros!

-No podéis profanar la casa de Dios.

-Eso lo veremos.

-¡Se ha acogido a sagrado!

El alguacil se quedó un momento sin saber qué decir. Lanzó un exabrupto y salió como un rayo escoltado por sus hombres. Cruzó diversas calles, pasó ante la casa del conde de Zanoguera y en cuatro zancadas llegó hasta la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción seguido por los corchetes, el sacerdote, los padres del muchacho y una expectante multitud.

Era apenas media mañana y la población entera estaba pendiente del conflicto. Entre la muchedumbre se encontraban los dos amigos del joven carpintero que habían presenciado el duelo aquella misma madrugada: los hermanos Carmelo y Vicente Dolz, a quienes la gente, aficionada a los motes, llamaba los hermanos Verdolaga.

El alguacil pidió al sacerdote que abriera la puerta de la iglesia y amenazó a la gente para que se dispersara. Pero nadie estaba dispuesto a irse sin conocer el final de aquella historia. El alguacil y su pequeña comitiva entraron en el templo. Reinaba un profundo silencio y olía a aceite de lámparas e incienso. Nada más penetrar se santiguaron con agua bendita y, al pasar ante el altar en dirección a la sacristía, hicieron las pertinentes genuflexiones.

Tan pronto como irrumpieron en la reducida estancia, descubrieron a un hombre arrodillado sobre un camastro. Era el doctor Marín, que trataba de detener a toda costa la terrible hemorragia de la herida que presentaba bajo el pecho el joven inconsciente.

La madre se arrojó a los pies del jergón y empezó a llorar.

 

*****

 

Juan Bautista Basset estuvo una semana entre la vida y la muerte, con la fiebre por las nubes y ajeno por completo a lo que sucedía en la ciudad. La pérdida de sangre había resultado casi fatal.

Mientras permanecía inconsciente, se celebraron las exequias de Ernesto Climent, el primogénito del marqués, con gran pompa y dolor. A los funerales acudió una multitud de nobles y señores venida de las poblaciones vecinas, incluida la capital. Las autoridades decretaron una semana de luto. Las banderas e insignias oficiales ondearon a media asta y en numerosos balcones y ventanas fueron mostrados crespones negros en señal de duelo.

El marqués había jurado pública venganza.

Por su parte, el padre Simón, con ayuda de sus influencias, hizo prevalecer el derecho del joven carpintero de haberse acogido a sagrado. Mandó instalar el camastro en una pequeña pieza junto a la sacristía donde el médico, custodiado noche y día por dos corchetes, trataba de salvarle la vida. El sacerdote sabía que mientras el herido estuviera bajo la protección eclesiástica no debía temer a las autoridades civiles.

A los ocho días, el joven Basset abrió los ojos. Gracias a la tenacidad del doctor Marín, al llanto inconsolable de la madre y a los rezos del padre Simón, el muchacho superó la fiebre, venció la hemorragia y regresó al mundo de los vivos. Los huesos parecían querer atravesar la piel que se había vuelto traslúcida. Tenía los ojos hundidos en las cuencas y los labios hinchados.

Mientras tanto, el gobernador había emitido su veredicto: si Juan Bautista Basset salía con vida de su convalecencia debería permanecer el resto de su existencia en la cárcel. El joven carpintero pasó todavía una semana reponiéndose de sus heridas y durante ese tiempo cobró conciencia de su nueva situación.

El padre Simón había puesto en marcha una serie de gestiones para tratar de ayudar en lo posible al muchacho. El sacerdote ignoraba las razones del duelo, pero conocía al joven desde su nacimiento y sabía de su carácter noble y valiente. También conocía el temperamento soberbio y altanero de Ernesto Climent. Un duelo de honor entre jóvenes era algo bastante habitual en aquellos tiempos turbulentos. Sólo Dios, se decía para sus adentros, en su infinita misericordia, podría juzgar llegado el día a unos y a otros. El párroco de Alboraya había mandado carta urgente al obispo de Valencia, con quien le unía una vieja amistad, para pedirle su intercesión. En algunos casos, la Santa Madre Iglesia solía conseguir algún tipo de indulto o conmutación de pena.

Fue así como, de modo inesperado, Juan Bautista Basset consiguió evitar la cadena perpetua. En su lugar, según rezaba el escrito oficial emanado del mismísimo virrey de Valencia, se le ofrecía la posibilidad de lavar su culpa sirviendo a la Corona española en los Tercios de Flandes. Mientras aguardaba la partida hacia los territorios del Imperio esperaría encerrado en prisión sin posibilidad de ser visitado por nadie. Como los reos condenados a muerte.

El joven escuchó la noticia que le leyó el padre Simón con el rostro contraído por la pena. Se encontraba aún acostado en su propia cama. La herida, que le iba a dejar una enorme cicatriz en el costado derecho, había comenzado a cerrarse, aunque de vez en cuando destilaba una babilla de sangre y pus. Se incorporó en el lecho con un gesto de dolor.

-Padre…

Su voz era delgada como un hilo a punto de romperse.

-¿Qué quieres, hijo?

-¿Por qué ha hecho todo esto por mí? No soy más que un asesino.

El cura sonrió levemente.

-¿Qué dices? Tu padre y tu madre son dos buenos cristianos. Y tú siempre has sido un muchacho honrado. ¿Acaso no recuerdas los años que has servido como monaguillo?

-Pero he matado a un hombre –insistió lleno de congoja Juan Bautista.

-Ha sido un duelo. Y aunque los duelos están prohibidos y son una cosa bárbara y repugnante, te has batido con nobleza.

El muchacho guardó silencio y miró hacia el suelo.

-Pero puedes confesarte –añadió el cura-, para aliviar tu corazón.

Juan Bautista levantó los ojos. El rostro del cura parecía iluminado.

-Sólo tengo un pecado que confesar.

El cura se sentó al borde de la cama, cogió la mano del muchacho y esperó.

-Mi pecado se llama Soledad, padre.

-¿Soledad Climent?

El muchacho asintió. El padre Simón fue a replicar algo pero finalmente lo pensó mejor y no dijo nada.

-Soledad y yo nos amamos desde que éramos niños.

El padre Simón suspiró.

-Padre, dígale que volveré a por ella.

-Te lo prometo –susurró quedamente el sacerdote.

La noche antes de la partida, Juan Bautista fue autorizado a despedirse de los suyos. La familia estaba reunida en torno a la mesa de la cocina. Su hermanita Isabel, de doce años, jugaba con una muñeca de madera con el pelo de maíz.

-Tal vez no nos volvamos a ver nunca, hijo mío –manifestó el padre.

Esperanza, la madre, se estremecía al oír estas palabras.

-No sabemos a dónde te llevan. Pero es seguro que tendrás que combatir por la Corona española. Es tan grande el Imperio… –se lamentó el carpintero.

Juan Bautista se sentía desolado.

-No sufráis, madre. Os prometo que volveré.

También apareció por la casa para despedirse del nuevo soldado el padre Simón. Traía la sotana mojada por la lluvia y una mirada extraña.

-Juan Bautista –observó el cura, sentándose a la mesa-. Vas a servir a la Corona y a Dios. Eso está muy bien.

Los demás guardaron silencio.

-Pero no te olvides nunca de que eres carpintero y valenciano –bromeó el cura para animar al joven.

El muchacho quiso sonreír, pero no pudo.

-¡Ah! –añadió el sacerdote-. Antes de que se me olvide. He traído algo para ti.

Y diciendo esto le entregó un pliego.

-La persona que me ha entregado esta carta me ha pedido que no la leas hasta que no estés en cubierta, y a más de cien leguas de aquí.

Al día siguiente, Juan Bautista Basset se embarcaba en el puerto de Valencia rumbo a Italia. Acababa de cumplir los dieciocho años. Durante la larga convalecencia en la cama había crecido hasta alcanzar casi dos varas y media de altura. Llevaba el pelo rubio atado en una coleta. Una gran cicatriz le cruzaba el costado derecho y en su mirada bailaba una lágrima que no acababa nunca de caer.

 

*****

 

Los Tercios. Ese era el destino. Matar para sobrevivir. Luchar en una batalla tras otra, hasta que alguna bala o el filo de una espada acabaran con su vida.

El navío había salido del puerto del Grao al amanecer. Junto a él se embarcaba una tropa de soldados de variada condición: hidalgos arruinados en busca de gloria, extranjeros mercenarios, penados, aventureros, ladrones y criminales. Unos y otros partían hacia las lejanas tierras del Imperio español, dispuestos a morir por nada.

Durante todo el día llevó la carta en el interior del jubón, sin atreverse a leerla. El trabajo lo tuvo entretenido hasta la noche. Después de la cena, algunos soldados se retiraron a descansar. Otros, en cambio, decidieron permanecer en cubierta, riendo y masticando tabaco. El capitán había prohibido el fuego y no se podía fumar.

Juan Bautista se apartó hasta un rincón y se sentó junto a unas maromas, bajo una lámpara de aceite. Extrajo el pliego de entre sus ropajes y se quedó unos instantes sin atreverse a abrirlo. ¿Era una carta de despedida? ¿De quién? ¿De sus padres? Imposible. ¿Del padre Simón? No tenía sentido. Tal vez de alguno de sus amigos.

La curiosidad venció al fin. Se desembarazó del cordel que lo envolvía y extendió el pliego. Nada más hacerlo reconoció con un estremecimiento la perfecta caligrafía. No necesitaba leer la firma al pie del texto para conocer la identidad de la persona que había redactado aquellas líneas. Y las lágrimas que habían permanecido ocultas en sus ojos hasta ese momento, comenzaron a deslizarse por sus mejillas.

 

Querido Juan Bautista:

No te culpo de la muerte de mi hermano. Bien sabe Dios que eres inocente y que a esta lamentable situación nos ha conducido un estúpido y equivocado sentido del honor. Tampoco me arrepiento de haberme entregado a ti en cuerpo y alma. He llorado y rezado mucho. Mis padres están desesperados e ignoro qué sucederá con mi vida. No sabes cuánto he sentido la muerte de Ernesto y cuánto recé por ti cuando decían que tú también ibas a entregar tu alma al Todopoderoso. Ahora el destino te obliga a marchar a la guerra, a combatir en tierras lejanas, y yo me quedo con el corazón definitivamente destrozado. Sin hermano y sin el hombre a quien amo. Y en una situación personal insoportable. ¿Por qué es la vida tan difícil? Te juré amor eterno un día, y ahora, en esta carta, reitero mi juramento de amor y fidelidad, aunque apenas me quedan esperanzas de volver a verte algún día. Quiero que sepas que te amaré siempre. Mientras me quede un soplo de vida. Y por esa misma razón te digo que rezaré por ti todos los días de mi existencia y que aguardaré tu regreso hasta el instante de mi muerte.

Soledad Climent.

Juan Bautista leyó la carta varias veces, hasta que se la aprendió de memoria, mientras las lágrimas no cesaban de caer por su rostro.

Al fin, la guardó. Se limpió los ojos con el dorso de la mano y comenzó a pasear por la cubierta del barco con la mente llena de recuerdos.

Se sentía enormemente desgraciado. Sabía que ir a los Tercios significaba una muerte casi segura. Lo más probable era que acabara destrozado en una de las innumerables batallas que se libraban en Europa. El Imperio español era tan amplio, y sus territorios tan vastos, que se necesitaba un ejército en permanente estado de guerra. O peor aún, peleando en varios frentes a la vez: las Provincias Unidas, Saboya, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, el Milanesado, Hungría, Austria, los principados alemanes, Francia…

Si alguna vez regresaba a Valencia sería un milagro.

 

 

(FIN DEL PRIMER CAPÍTULO)